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2. ME ARREPTIENTO

El arrepentimiento tiene que acompañar al perdón

Leemos en Hechos 5:31 que Jesús fue exaltado para dar “arrepentimiento y perdón de pecados.” Estas dos bendiciones emanan de las manos sagradas que fueron clavadas al madero, de las manos de aquel que ahora está en gloria. Arrepentimiento y perdón están entrelazados por el propósito eterno de Dios. Lo que Dios ha juntado, no lo separe el hombre.

Tiene que haber arrepentimiento para que haya perdón

Tiene que haber arrepentimiento para que haya perdón, y verás que así es si reflexionas un poco sobre el asunto. No es posible que se conceda perdón a un pecador impenitente. Eso lo confirmaría en sus malos caminos y le enseñaría a no dar importancia al mal. Si el Señor dijera: “Tú amas el pecado, vives en él y vas de mal en peor, pero no importa, yo te perdono” equivaldría a proclamar un libertinaje horrible para hacer el mal. Socavaría los fundamentos de todo orden social, resultando en una anarquía moral. Es imposible imaginar los innumerables escándalos que resultarían si se pudieran separar el arrepentimiento y el perdón, y perdonar el pecado mientras el pecador lo sigue amando como siempre. Por la disposición natural de las cosas, si creemos en la santidad de Dios, es lógico que si continuamos en el pecado y no nos arrepentimos de él, no podemos ser perdonados, pero sí, que cosecharemos las consecuencias de nuestra obstinación. Por su bondad infinita, Dios nos promete que, si abandonamos nuestro pecado confesándolo, aceptando por fe la gracia que está en Cristo Jesús, Dios “es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.” Pero mientras Dios viva, no puede haber promesa de misericordia para los que continúan en sus malos caminos negándose a reconocer sus transgresiones. Ningún rebelde puede esperar que su Rey perdone mientras se obstina en su rebeldía. Nadie puede ser tan insensato como para imaginarse que el Juez de toda la tierra borrará nuestros pecados si nosotros mismos nos negamos a arrepentirnos y confesarlos.

La perfección de la misericordia divina

Además, esto tiene que ser así por la perfección de la misericordia divina. Una misericordia que perdona el pecado dejando que el pecador siga viviendo en el pecado, sería realmente escasa y superficial. Sería una misericordia deforme, coja de pies y paralítica de manos. Según tu opinión, ¿cuál de estos privilegios es el mayor: que la culpa del pecado sea borrada o, ser librado del poder del pecado? No procuraré pesar en balanza dos misericordias tan grandiosas. Ninguna de las dos nos alcanzaría si no fuera por la sangre preciosa de Cristo. Pero si hiciéramos tal comparación, me parece que consideraría mayor a la salvación del poder del pecado, ser santificado y ser hecho semejante a Dios, la mayor de las dos. Ser perdonado es un favor incalculable. Haremos que ésta sea una de las primeras notas de nuestro canto de alabanza: “Él es quien perdona todas tus iniquidades.” Pero si pudiéramos ser perdonados, y luego tener permiso de amar el pecado, practicar descontroladamente la perversidad y revolcarnos en el fango de los vicios, ¿para qué nos serviría tal perdón? ¿No sería más bien un dulce venenoso que finalmente nos destruiría? Ser lavado y seguir en el cieno, ser declarado limpio y seguir con la lepra blanca en la frente, sería la burla más pesada de la misericordia. ¿Para que sirve sacar un cadáver del sepulcro, si seguirá sin vida? ¿Para qué llevarlo a la luz, si sigue ciego?

Nosotros damos gracias a Dios porque el que perdona nuestras iniquidades también sana nuestras dolencias. El que nos limpia de las manchas del pasado nos salva de los caminos inmundos del presente y nos guarda de caer en el porvenir. Es preciso que recibamos agradecidos tanto la palabra del arrepentimiento como la del perdón de los pecados. No pueden ser separadas. La heredad del pacto es una e indivisible, y no se reparte por partes. Dividir la obra de la gracia sería como partir a un niño vivo por la mitad, y los que lo permitieran, demostrarían no tener ningún interés en él.

Te pregunto a ti que buscas al Señor ¿estarías satisfecho con sólo una de estas gracias? ¿Estarías conforme, querido lector, con que Dios te perdonara tus pecados, para dejarte luego seguir siendo mundano y malvado como antes? Ciertamente que no. El espíritu vivificado teme más al pecado mismo que a los castigos que resultan de él. El clamor de tu corazón no es: “¿Quién me librará del castigo?”, sino “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¿Quién me hará capaz de vencer la tentación y ser santo como Dios es santo?” Ya que la unión del arrepentimiento con el perdón concuerda con el deseo de la gracia, y ya que es necesaria para que la salvación sea completa y para la santidad, puedes estar seguro de que permanecerá por los méritos de esa unión.

La experiencia de todos los creyentes

El arrepentimiento y el perdón del pecado son inseparables en la experiencia de todos los creyentes. Jamás hubo persona que de verdad se arrepintiera de sus pecados, confesándolos a Dios en nombre de Jesús, que Dios no perdonara. Por otra parte, jamás hubo persona que Dios perdonara sin que se hubiera arrepentido de sus pecados. No vacilo en afirmar que bajo el cielo jamás hubo, ni hay, ni habrá caso de pecado limpiado, a no ser que al mismo tiempo el corazón fuera llevado al arrepentimiento y a la fe en Cristo Jesús. El aborrecimiento al pecado y el sentimiento de perdón entran juntos en el alma y siguen juntos toda la vida.

Obran recíprocamente

Estas dos cosas obran recíprocamente. El hombre que es perdonado, por lo tanto se arrepiente, y el hombre que se arrepiente puede estar absolutamente seguro de que es perdonado. Recuerda, ante todo, que el perdón lleva al arrepentimiento. Como dice el poeta:

“La ley y los terrores sólo endurecen, y todo el tiempo obran solos; pero tener conciencia del perdón adquirido por la sangre ablanda al corazón de piedra.”

Cuando estamos seguros de haber sido perdonados, aborrecemos la iniquidad. Y creo que cuando la fe aumenta hasta ser una seguridad plena, de modo que estamos segurísimos, sin sombra de duda, de que la sangre de Jesús nos ha emblanquecido más blancos que la nieve, entonces el arrepentimiento ha llegado a su máxima expresión. La capacidad de arrepentirse aumenta al mismo paso que aumenta la fe. No te equivoques: ¡el arrepentimiento no es cosa de días o semanas, como una penitencia temporaria que se desea acabar lo antes posible! No, se trata de una gracia para la vida entera como la fe misma. Los niños en las manos de Dios se arrepienten, y así también lo hacen los jóvenes y los ancianos. El arrepentimiento es el compañero inseparable de la fe. Mientras andamos por fe, las lágrimas de arrepentimiento brillan en los ojos de la fe. No es verdadero el arrepentimiento que no procede de la fe en Jesús, y no es verdadera la fe en Jesús que no está saturada de arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento, como los gemelos siameses, viven unidos. En la proporción que creemos en el amor perdonador de Jesús, en esa misma proporción nos arrepentimos. Y a medida que nos arrepentimos del pecado y aborrecemos al mal, nos regocijamos en la plenitud del perdón que Jesús ha sido exaltado para conceder. Nunca valorarás el perdón si no te sientes arrepentido. Nunca gustarás del arrepentimiento más profundo hasta saberte perdonado. Puede parecer extraño, pero es cierto que la amargura del arrepentimiento y la dulzura del perdón se mezclan en la fragancia suave del que tiene vida por su gracia, resultando en una dicha sin par.

Seguridad mutua

Estos dos dones del pacto constituyen la seguridad mutua, una de la otra. Si sé que me arrepiento, sé también que Dios me ha perdonado. ¿Cómo sabré que me ha perdonado sino sabiendo también que ya no ando por mis malos caminos? Ser creyente, es ser un arrepentido. La fe y el arrepentimiento son dos rayos de la misma rueda, dos mangos del mismo arado. Se ha dicho con razón que el arrepentimiento es el corazón quebrantado por el pecado y separado del pecado. Igualmente puede decirse con razón que es un volver y volverse. Es un cambio de mentalidad del tipo más radical y profundo, acompañado de dolor por el pasado, y la determinación de enderezar el futuro:

“Arrepentimiento es dejar el mal que antes amábamos;
Amar el bien que antes odiábamos,
Y demostrar nuestro dolor sincero,
Por medio de no volver a hacerlo.”

Cuando éste es el caso, podemos estar seguros del perdón, porque el Señor nunca quebranta el corazón a causa del pecado, separándolo del pecado, sin perdonarlo. Por otra parte, si disfrutamos del perdón por medio de la sangre de Jesús, siendo justificados por la fe y teniendo paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, sabemos que nuestro arrepentimiento y nuestra fe son del tipo debido.

No consideres tu arrepentimiento como un mérito que te proporciona el perdón, ni esperes tener capacidad para arrepentirte mientras que no veas la gracia de nuestro Señor Jesús y su disposición de borrar tus pecados. Guarda cada una de estas cosas en el lugar que les corresponde, y considéralas en la relación que tienen la una con la otra. Son el Jaquín y Boaz en la experiencia de la salvación: quiero decir que son comparables a las dos grandes columnas del templo de Salomón, colocadas al frente de la casa del Señor que formaban una entrada majestuosa al lugar santo. Nadie viene del modo debido a Dios, a no ser que pase entre las columnas del arrepentimiento y del perdón. El arco iris de la gracia del pacto se desplegará en toda su hermosura sobre tu corazón, cuando sobre las lágrimas del arrepentimiento haya brillado la luz del perdón total. El arrepentimiento del pecado y la fe en el perdón divino son el hilo y la trama del tejido de la verdadera conversión. Por estas señales conocerás a un “israelita” de verdad.

Emanan de la misma fuente

Volvamos al texto que estamos meditando. Tanto el arrepentimiento como el perdón emanan de la misma fuente, y son dones del mismo Salvador. El Señor Jesús desde su gloria concede las dos cosas a las mismas personas. No encontrarás la fuente del arrepentimiento, ni del perdón, en otro lugar. Jesús tiene listos a los dos, y está preparado para dispensarlos gratuitamente ahora mismo a toda persona dispuesta a recibirlos de su mano. No olvides nunca que Jesús da todo lo necesario para nuestra salvación. Es muy importante que todos los que buscan misericordia lo comprendan. La fe es tanto un don de Dios como lo es el Salvador en quien la fe se apoya. El arrepentimiento del pecado es obra de la gracia tan cierta como la expiación por la cual se borra el pecado. La salvación, de principio a fin, es obra exclusiva de la gracia. No me comprendas mal.

No es el Espíritu Santo que se arrepiente. Nunca ha hecho nada de lo que tendría que arrepentirse. Si pudiera arrepentirse, para nada nos valdría. Es preciso que cada uno nos arrepintamos de nuestro propio pecado, y si no lo hacemos, no somos salvos del poder del pecado. No es el Señor Jesucristo el que se arrepiente. ¿De qué tendría que arrepentirse?

Nosotros somos los que nos arrepentimos con el pleno consentimiento de todas las facultades de nuestro razonamiento. La voluntad, los afectos, las emociones, todos obran juntos poderosamente en el acto bendito del arrepentimiento del pecado, y no obstante, detrás de todo lo que es un acto personal nuestro, hay una influencia divina obrando en secreto que ablanda el corazón, causa remordimiento y produce un cambio completo. El Espíritu de Dios nos ilumina para que veamos lo que es el pecado, haciéndolo así repugnante a la vista. Además, el Espíritu de Dios nos acerca a la santidad, haciéndonos apreciarla de corazón, amarla y desearla, y, de este modo, nos da un ímpetu por el cual somos impulsados hacia adelante de una etapa a otra de la santidad. El Espíritu de Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer lo que a Dios le agrada. Sometámonos a este buen Espíritu ahora mismo para que nos guíe a Jesús, quien abundantemente nos dará la doble bendición del arrepentimiento y del perdón según las riquezas de su gracia. POR GRACIA SOIS SALVOS!

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