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                                                      “CUANDO ES BUENO RENDIRSE”

 

“No te rindas”. “Dios te quita lo bueno para darte siempre algo mejor”. “Nacimos para ser campeones”. “Vas a llegar muy alto”. “Todo va a estar bien”.

Estas frases optimistas y superficiales, sin embargo, motivan al hombre y le siembran deseos de superación personal, de éxito material y de confianza en sí mismo… sin Dios. Expresiones como estas son naturalmente comunes en el pensamiento del mundo; nadie se extraña de escucharlas de labios de motivadores, gerentes o consejeros. El problema viene cuando encontramos este pensamiento en la iglesia, cuando aparece en las enseñanzas que la iglesia recibe y padece hoy en día.

Se ha dicho que “es más fácil engañar a alguien, que hacerle entender que ha sido engañado”. Lo segundo implica una doble dificultad: desarraigar el engaño y sembrar la verdad. Bien, podría ser el caso cuando hablamos acerca de la conveniencia o no de ‘rendirse’.

¿Me rindo o no?

Jacob luchó toda su vida por la primogenitura de su padre Isaac, por el amor de su hermano Esaú, por obtener a su esposa Raquel, por el dolor de creer perdido a su hijo José. Y aún luchó con un ángel, que según parece era Dios mismo, y a quien resolvió no soltar hasta ser bendecido. De Jacob aprendemos que, al final, toda lucha que sostenemos en la vida es con el mismísimo Dios soberano.

En definitiva es bueno que el hombre se rinda… pero solamente ante la verdad de Dios. Cielo y tierra pasarán, pero su Palabra no pasará. Y su Palabra nos enseña que no serán nuestras obras ni nuestros esfuerzos los que nos harán aceptables ante el Dios a quien todos hemos ofendido, sino que únicamente seremos aceptados una vez que dejamos de intentar, una vez que nos rendimos a esta gloriosa verdad; que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.

Rendirse ante la poderosa verdad de la gracia de Dios es recordar que todo intento humano por agradar a Dios es inútil, mientras que nuestra confianza en el sacrificio de Cristo nos hace aceptos en el Amado. Es su gracia y no mis obras lo que me justifica y me hace presentable ante Dios. Puedo descansar en esa gracia, puedo rendirme, y no solo puedo, sino que debo hacerlo. Poner la fe en Jesús, y en Él solamente. Y vivir seguro y confiado en que son sus méritos y no los míos los que me mantienen a salvo.

Sin Cristo, todos estamos muertos en nuestros delitos y pecados. Pero él eligió a los que habrían de creer, y lo hizo antes de la fundación del mundo. Así es como su gracia nos atrae hacia Él y también nos hace perseverar en la fe, apartarnos del pecado y desear profundamente honrar al Dios de quien hemos recibido tanto amor. Y eso implica rendirse. Dejar de intentar, de luchar, de creer que se puede comprar el favor de Dios.

Ni siquiera se trata de saber mucho acerca de Dios. Porque se puede saber mucho, pero aún carecer de una relación con Dios. Si lo que sabemos de Dios no nos lleva a ser transformados, es claro que aún tenemos pendiente algo: rendirnos. Si tu conocimiento de Dios te lleva a hacer enormes esfuerzos por cambiar tu vida sin que hasta ahora rindan algún fruto, aún no has conocido la verdad. Intentas ser mejor y te resulta imposible. Luchas por hacer lo bueno pero todo intento parece estéril. Si es así, tu teología es errónea. Lo que sabes, aún no lo sabes cómo lo deberías saber.

La verdad de Jesucristo no te conduce a intentar e intentar una y otra vez hasta lograr algún avance, hasta agradar a Dios por tu cuenta. La verdad cambia tu alma, convierte tus deseos y te lleva a confiar y a depender única y exclusivamente de la obra de Jesús en la cruz. Si, en cambio, tu conocimiento de Dios es solo una lista de puntos para lograr que Dios te dé cosas o te vea con buenos ojos, o si tu teología te hace pensar que puedes alcanzar su favor con tus esfuerzos y por lo tanto te coloca en una posición muy por encima de lo que realmente eres capaz, entonces no estás en la verdad.

Muchos hombres y mujeres, bajo este engaño disfrazado de verdad, llevan pesadas cargas sobre sus espaldas y viven agobiados tratando de ser justos y ser aceptados por Dios sin el previo y determinante auxilio de Cristo. Viven sin rendirse.

Entonces, contra todo el pensamiento puramente humano, rendirse no solo es bueno, sino necesario. Más aún: indispensable. Qué maravillosa e incomprensible verdad es esta; que solo rindiéndonos tenemos acceso a la victoria que Jesús alcanzó para nosotros, que solo mediante la rendición de nuestras vidas y la renuncia a nuestros intentos y esfuerzos puramente humanos, recibiremos el regalo de la gracia. Y entonces nuestra vida es transformada en una que glorifica y honra a Dios. No es luchando, sino dejando de luchar. No es intentando, sino dejando de intentar. No es confiando en ti, es confiando en Él.

¡Todo mundo a rendirse!

 

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